Niña contrae gonorrea por ser violada, enterate quien la violo




A veces un hecho es tan indescriptiblemente triste que casi desafía la comprensión. Así fue como me sentí tras atender una llamada telefónica en una luminosa mañana de sábado, durante mi último año de formación médica. 

Como jefa de residentes en obstetricia y ginecología, yo era la encargada de atender las llamadas telefónicas de los pacientes que no disponían de un ginecólogo por su cuenta. En aquella mañana de sábado, cogí la llamada de una mujer de veintipocos años. Se la escuchaba angustiada, y al principio no pude entender por qué razón me llamaba. 

“Se trata de mi hija de 5 años”, dijo. “Estoy teniendo un desacuerdo con su médico y quiero que usted hable con él”. 

“Muy bien”, respondí con cautela. “Pero yo soy una ginecóloga, así que no estoy segura de poder serle muy útil”. 

“No, no. Usted es el tipo de médico adecuado”, insistió. “Es un problema de mujeres”. 

La madre procedió a describir los síntomas de su hija: picor vaginal y una descarga vaginal verdosa y maloliente. El pediatra de la niña la había examinado y había tomado cuidadosamente una muestra de las descargas para examinarla bajo el microscopio. Cuando volvió a hablar con la madre, estaba muy apenado. 

La evaluación microscópica de la descarga había revelado que la niña tenia gonorrea. No sería difícil de tratar, una simple inyección de antibióticos haría el apaño, pero el caso no podía terminar ahí. El pediatra preguntó si la madre sabía donde había contraído su hija gonorrea. Sólo podía provenir de un contacto sexual, lo que significaba que alguien había abusado sexualmente de la niña. 

La madre se horrorizó. Insistió en que había algún error: no había forma de que su hija pudiera haber sido objeto de abusos por parte de nadie. El médico no estuvo de acuerdo. 

El pediatra le informó de que, en virtud de la ley, no tenia mas remedio que presentar un “51A”. La madre comprendió que un 51A es un documento jurídico que señala la existencia de abuso infantil. Ello pondria en marcha una investigación por parte de los funcionarios de protección infantil, y podía dar lugar a que le quitaran la custodia de su hija. La madre protestó, pero el médico fue inflexible. 

Ahora quería saber si era posible que la infección vaginal de su hija fuese algo distinto a la gonorrea. Le expliqué que observar la bacteria bajo el microscopio era bastante fiable, pero que, en cualquier caso, el médico había tomado un cultivo. Esto significaba que el laboratorio también identificaría la bacteria. Los resultados del cultivo serían prácticamente exactos al 100% y, le advertí, casi con toda seguridad confirmarían el diagnóstico de la gonorrea. “Bueno, incluso si tiene gonorrea, ¿ella no podría haberla cogido a través de una toalla o el asiento de un inodoro?”, preguntó la madre. 

Le explique que era muy improbable. La bacteria de la gonorrea no puede sobrevivir fuera del cuerpo por mucho tiempo. Ni las toallas ni los asientos de inodoro eran una fuente probable de la infección. 

De repente, su voz se iluminó. 

“Ya lo sé, ya lo sé”, dijo. “¡Mi niña la cogió de mí!”. 

“¿De usted?”. No entendía. 

“Sí, de mí,” respondió ella. “Tuve gonorrea hace unas semanas. Mi hija y yo nos bañamos juntas constantemente. Así es como ella debe haberla cogido”. 

Ella estaba bastante aliviada. “Lo sabía”, afirmó. “Nadie ha estado manoseándola. Ella la cogió de mi”. 

Yo no estaba tan segura. 

“¿Usted tuvo la gonorrea?”, pregunte con inquietud. “¿Cómo cogió la gonorrea?”. 

Yo sabía lo que venia a continuación. 

“¡Oh, la cogí de mi novio! El la tuvo y me la pego a mi. Ambos tomamos antibióticos y la infección ya se ha ido”. 

Se me hundió el corazón. 

“No, señora, su hija no contrajo la gonorrea de usted”. 

“¿No? Por supuesto que si”, protestó la madre. “¿Quién más podría haberla infectado?”. 

Traté de ser delicada, ¿pero cómo puedes decirle a alguien con delicadeza que su novio ha abusado sexualmente de su hija? 

La madre rompió a llorar. “Eso significa que el médico tiene razón, ¿no?”. 

“Sí, probablemente tenga razón”. 

La madre siguió sollozando. “Lo siento”, dijo. “Siento mucho haberla molestado. Pensé que tenía que haber alguna otra manera”. 

Yo le asegure que no había sido una molestia, aunque me sentí sacudida por dentro. 

“Tengo que dejarla ya”, sollozo. “No puedo hablar más. No lo entiendo. Simplemente no lo entiendo. ¿Qué voy a hacer ahora?”. 

Keila Feliz

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